El mejor regalo de San Valentín que he recibido

Dicen que se tienen dos amores: el amor de tu vida, y con el que te casas.   En mi caso son la misma persona.  Este será el noveno año que celebro el día del Amor con mi Adorado Esposo, pese a su resistencia ocasional de caer en la tentación de la fecha cursi y llena de consumismo.

Me ha llenado de flores, chocolates, cenas y regalos inesperados.  No necesariamente el 14 o el día de mi cumpleaños.

Pero el regalo más grande que me ha dado es el amor por mi cuerpo.

Conocí a mi Adorado Esposo, en la maestría, cuando yo estaba en el infierno de la compulsión.  Los casi 90kilos que yo pesaba, solo reflejaban toda la culpa, la ansiedad, y la tristeza que yo buscaba ocultaba a ojos de los demás.  Pero como no hay gordos anónimos, ningún escondite era suficiente.

Después del MBA, me embarqué en un Doctorado diferente: decidí graduarme de la obesidad.  La búsqueda que inició como una deliciosa vanidad, se transformó en un camino de crecimiento espiritual que hoy sigo transitando.  Ahora acompañada de otras mujeres, de esas valientes que ya están listas para enfrentar la verdad y ser libres.

Tenía el peso ideal como intermediario de mi felicidad.  Mi pensamiento recurrente era: “cuando pese 60kilos: encontraré al hombre de mi vida, seré exitosa, se resolverán todos mis problemas, me voy a vestir con ropa maravillosa y por fin, aceptaré mi cuerpo, y seré feliz”

Descubrí que la cosa funciona justamente al revés.  Es a través de la aceptación que se puede cambiar.  Es un camino no-intuitivo donde primero viene el amor, la compasión, la amabilidad, y luego el cambio.  Francamente me parecía una locura.

Pero como ya había intentado de todo, menos eso, decidí darle  una oportunidad.  ¿Cómo chingados aceptar un cuerpo gordo, flácido, blanco como la leche, de menos de 1.60 y más de 80kilos?  ¿Cómo se hace eso?

Me confundí pensando que aceptar era resignarse.  Que aceptar el cuerpo era decir “bueno, pues ya qué, jamás cambiaré, entonces me resigno a este cuerpo”.  Pensé que resignarse era hacer auto-bromas “gordita pero contenta”, no es que esté gorda, me falta altura, etc.  Error

Aceptar es dejar de pelear con la realidad, dejar de batallar con los hechos.

Aceptar es recibir la talla y el peso que eres actualmente y desde ahí actuar.

Busqué ejemplos de mujeres que aceptan su cuerpo, grande, con curvas, con pesos diferentes al que hemos comprado que es el perfecto.  Había muchos ejemplos, y algo no acababa de cuajar.

Y entonces descubrí un milagro, justo frente a mis ojos: me enamoré.  ¡Y además! mi hoy Adorado Esposo, se enamoró de mí.  Completita, de mi inteligencia astuta, de mi sonrisa fácil, de mi piel suave y mí cabello quebrado.

Mientras yo veía una piel blanca y aburrida, él  estaba encantado con la suavidad y aroma de mi piel.

Yo veía una boca irregular y el adoraba mis besos y mi sonrisa fácil.

Yo buscaba ocultar mis caderas amplias, y ellas eran la estación favorita para sus manos.

Yo me quejaba de un busto grande y  pesado y él… bueno, solo diré que él estaba en la gloria.

Y con su adoración y reverencia hacia mi cuerpo, me enseñó que alguien ya amaba este cuerpo que yo despreciaba.  Alguien ya era capaz no solo de admirar, sino de abrazar y disfrutar de la cercanía de este cuerpo cálido que para mí seguía siendo extraño.

Sus caricias me sanaron.  Su admiración derritió la culpa y sus abrazos me enseñaron que es a través del placer que el cuerpo sana y se libera.

Me enseñó a ver el mundo (y mi cuerpo) con unos ojos diferentes.  Me liberó de la tiranía de los estereotipos.

El mejor regalo que he recibido, es ese amor incondicional hacia mi cuerpo.  Sí sí, también tuve la fortuna de tener ese amor de mis padres, y no es lo mismo.  Me sorprendí cuando este cuerpo mío (irregular, con el cuello y las piernas cortas, los pies gorditos y las rodillas anchas), era la dicha de alguien.

Aprendí entonces, que el camino para amar a alguien, empieza por amarme a mí misma.  Mientras más profundo sea el amor, la aceptación, la compasión por mi, y por mi cuerpo, más puedo darme y entregarme a otros.

Gracias al amor de mi vida, a mi Adorado Esposo, aprendí no solamente a amarle a él, también aprendí a amarme a mí.  Especialmente en esos días en que soy un nudo de lágrimas, cuando estoy despeinada, cuando la piel blanca se me pone roja por el sol.

Con su regalo, me liberé del auto-bullying, y pude por fin abrazar, aceptar mi cuerpo como el maravillos regalo para experimentar la vida.

Alguien ya me amaba de esa forma profunda y apasionada y yo así, aprendí a amarme a mí.