Las mentiras engordan: al borde de la bulimia

En Julio del 2012 estuve al borde de la bulimia.

Desde 1996, cuando a los 19 años que fui a mi primera reunión de Comedores Compulsivos, he vivido lo que parecía un eterno viacrucis.

Me hice experta en decir mentiras. O más bien, verdades a medias. Era capaz de reconocer que tenía un problema de compulsión, de comer en exceso. Pero no me daba cuenta de la gravedad del asunto. Me tranquilicé unos años, cuando los síntomas se redujeron en gran medida, gracias a tanto coaching y energía que dediqué a mi crecimiento espiritual. Pero, en lo más profundo de mi corazón, intuía que algo estaba fuera de lugar.

Hubo grandes mejorías. Aprendí a administrar el síntoma, de verdad pensé que lo había resuelto y estaba a punto de aceptar que estaría conmigo para siempre, solo reclamando unas noches al mes. Siempre que pudiera tolerarlo, estaría bien.

Mi práctica de coaching empezó a crecer, rebasé el número de más de 150 sesiones facilitadas. Yo seguía coleccionando certificaciones y me hacía cada vez mejor coach. Todo parecía estar bien. Sin previo aviso, luego de un periodo de silenciosa calma, en Julio del 2012, los síntomas se agudizaron, y regresaron reclamando la atención que por mucho tiempo les había negado. Volvieron con la intensidad de un mar agitado, fuerte, de corrientes frías y torcidas. Mis demonios personales llegaron a cobrar una cuenta pendiente.

Dos semanas después de facilitar mi primer grupo de Weight Loss Coaching, con la intención de revertir el malestar físico después de un ataque de comer de forma compulsiva, apareció un síntoma intenso: volver el estómago. Empecé a vomitar en ese fatídico día de Julio.

Era como un muerto en estado de descomposición. Apestando todo. Intenté acercarme a ciertos “amigos” con esa podredumbre en las manos. Solo para escuchar evasiones rosas: “claro que no, estás perfecta, seguro ya se te pasará”. No los culpo. Bucear en las aguas negras no es divertido. Dejé de aceptar clientes en mi práctica de coaching. Me sentía la impostora más grande. La Monster Coach, dudando de sus capacidades, incluso renuncié al coaching. La historia más dolorosa en mi cabeza: “¿Cómo siendo coach, con tantos estudios y recursos, no puedo superar este hábito?” Me sentí sola. Incluso mis colegas coaches me habían abandonado. Se fueron. Huyeron del trabajo duro.

Hice unos nuevos estudios, que mostraban clara tendencia al diagnóstico: bulimia.

Lo único que faltaba era mantener los síntomas por más tiempo, pero ya estaban ahí. Me asusté como nunca antes. No se lo conté a nadie. Fue un viernes doloroso cuando mis dos mentoras me confrontaron duro e hicieron una intervención que en ese momento parecía inhumana. Durante una hora lloré –¡chillé!-- y me resistí como puerco en el matadero, incapaz de aceptar que había un problema y uno colosal.

Tardé como 15 días en digerir y reconocer que este asunto, por esconderlo se había hecho muy grande. Finalmente, decidí, que yo escribiría mi historia, y este no era el capítulo final. Gracias a Dios, hubo estas 3 personas que tuvieron las agallas para aguantar vara, me aceptaron y me abrazaron fuerte durante esas, mis noches oscuras del alma: Annie desde Guadalajara, mi amiga Jarocha y mi adorado Esposo.

Pedí ayuda, contraté a una de mis mentoras, Lisa M. Hayes, para que me acompañara durante el proceso, y pensé seriamente en recluirme en una clínica de rehabilitación.

Pero en lugar de eso, elegí poner mi dinero donde estaba mi boca y mi corazón. Decidí estudiar Psicología de la Nutrición, en el Institute of the Psychology of Eating. Gracias a mi mentor Marc David, asimilé que cualquier síntoma o hábito poco efectivo, es sólo el mensajero del alma. Algo pasa de raíz y es a través del síntoma, la compulsión, el exceso, que nuestro cuerpo llama nuestra atención y exige la resolución del caso.

En términos simples: lo que yo tenía era un exceso de mentiras en mi vida. Mentiritas pequeñas y mentirones gordos. Llegó el tiempo de la integridad absoluta. Momento de la verdad. Entendí que más allá del número en la báscula o la talla en el pantalón, yo anhelaba ser libre.

Libre de dietas, de contar puntos, calorías. Libre de esos hechizos de mi cabeza que parecían apoderarse de mí y “me hacían comer”. Libre de juicios, libre de dudas. Libre de obsesiones, libre de síntomas y fantasmas. Libre.

Todo adquirió sentido y mis enemil certificaciones anteriores, se acomodaron a la perfección. Aprendí e implementé diligentemente, muchas estrategias de balance de nutrientes, salud digestiva, psicología, arquetipos, energías, imagen corporal, sexualidad, emociones, química de los alimentos, endorfinas, fisiología del estrés, ritmos circadianos…. Empecé a desenredar la madeja de la compulsión. Lo más importante: me liberé.

Para “salir del hoyo” solo se necesitan dos cosas: confianza y cojones.

Empecé a decir la verdad: a los otros y especialmente a mí misma. Aprendí a distinguir entre hambre y enojo; a poner límites; a reconocer que hay ausencias que duelen; a aceptar que hay amigos que una vez fueron cercanos y hoy no lo son más; a aceptar que tengo miedo a las nuevas etapas de mi vida. Aprendí a decir no gracias.

Entendí que todos los excesos y síntomas eran una forma de llenar el espacio más grande de mi vida: ese vacío de sentir “no soy suficiente”. Experimenté el poder de la presencia y la soberanía que otorga la auto-compasión. Confirmé que los secretos no dichos se atoran en la panza; los talentos no expresados se convierten en energía acumulada en las caderas.

Como por arte de magia, los síntomas se diluían a la Luz de la Verdad.

En estos meses, me nutrí con un verdadero festín de lecciones; platos fuertes de lecturas intensas y el exquisito postre de mi propia liberación.

Hace unas semanas, supe que estaba lista. Le susurré al universo que estaba preparada para acompañar a quien esté dispuesto, en este camino de la transformación. Le pedí a Dios que me enviara una señal, para identificar si el coaching seguía siendo mi camino. Dos días después recibí un mensaje en Facebook: “¿También das coaching virtual?”. Con enorme alegría, regresé al coaching y abracé mi compromiso con los que hoy también están listos y me necesitan.

Recién me gradué de este programa que me cambió la vida. Este diploma, para mi vale mucho más que mi titulación del MBA. Representa mi propia graduación del síntoma. Pasé 4 días con Marc David, y mis compañeros de graduación. Llena de gratitud por esos valientes que nadaron conmigo en el mar de dudas e incertidumbre.


La libertad es posible. El camino a la libertad, es la práctica misma de la libertad per-se

 Si alguna vez has llorado por el número en la báscula; si has tenido tardes dolorosas, donde has comido en secreto y mentido sobre tu verdadera forma de comer; si tienes ropa de más de 4 tallas en tu closet; si has llegado a dudar de tu propia capacidad para controlar tu forma de comer, o piensas que “te falta fuerza de voluntad”…

Hoy te digo que no estás sola. Los síntomas en tu vida: la compulsión, el rechazo de tu cuerpo, la apatía, la duda, la ansiedad, el miedo… Todos son una invitación para la transformación profunda y conocimiento de ti misma.

Si has recibido la invitación, al grupo selecto de aquellos que encuentran la libertad y el crecimiento a través de sanar su relación con la comida y su cuerpo, te doy la más cordial bienvenida.

Nuestra misión en la vida, está anunciada por nuestras más grandes batallas.

Con la avidez que da una ilusión -y en honor a esa verdad que me hizo libre- se terminó el escondite.

Hoy me autoproclamo Rebelde Insurgente del Movimiento Libertad.

No más secretos.

#YoSoyLibre