Siete lecciones de mi primer 10K

Empecé a correr por empatía. Mi intención era “reportar desde la resistencia”. Pocos kilómetros después le agarré el gusto al asfalto.

Desde hace 2 años la idea del 10K me parecía una meta de ligas mayores, fuera de mi alcance. A finales del 2012, me cambió el chip, algo pasó, y empecé a entrenar para mi primer 10K.
Soy amante de las descripciones de puesto, y busco siempre, la transferencia de habilidades hacia otros aspectos de mi vida. Aquí lo que pasó y lo que aprendí rumbo a mi primer 10K.

1. Decide que SÍ es posible.
Que es posible para ti, y que QUIERES hacerlo.
Hasta que en diciembre del 2012 –luego de dos años fallidos--, creí y supe con todo el cuerpo, que era posible para mi correr los 10K, se dieron las cosas. Simplemente lo decidí. Elegí algo que fuera creíble para mi fue terminar. Sin importar los tiempos, ni el lugar en la tabla general, ni lo que pensara la gente (hace muuuucho tiempo que me importa poco, jeje). El objetivo era terminar, sin lastimarme. Así que una vez que supe que era posible, así fuera en dos horas, entonces QUISE entrenar. No era ni un reto, ni demostrarle a nadie, por primera vez era algo que YO QUERÍA hacer.

2. Define tu para qué, tu cuándo y tu cómo.
Una pregunta básica del coaching es “¿para que?”. Las metas las queremos por lo que hay detrás de ellas, por lo que significan para nosotros y en especial por la emoción que sentiremos al conseguirlas. Para mi era claro, quería correr el 10K para dejar atrás a esa Jessica que “no entrena, la que no puede correr, la que no hace ejercicio, la que no es disciplinada”. Era un ejercicio y una práctica de fortaleza espiritual

CÓMO. Viene entonces la cosa táctica. En mi caso, elegir la técnica y al coach (trainer y de vida). Ya había pasado por dos intentos de entrenadores, que no comulgaban con mis valores de respeto al cuerpo y de entrenos progresivos. Su meta era entrenarme hasta dos veces al día, en gimnasio y comiendo toronjas. Descubrí que si tienes un plan que se adapta a tu estilo de vida es mucho, muchíiiisimo más probable que lo sigas y lo cumplas.

Así, encontré a una entrenadora (mujer), que me llevó en entrenos accesibles y progresivos. También había coaching de vida, para revisar los pensamientos y creencias de cada entreno. Desde el día uno ya tenía claros los entrenamientos de cada día de las 12 semanas. Investigué como se hacían los ejercicios. Llené mi iPad de música que me gusta. Elegí entrenar por las mañanas a primera hora del día. Luego de lavarme los dientes, listos los tenis y a correr. Tenía un plan y podía seguirlo.

El cerebro es un organismo maravilloso de atajos. Mientras menos decisiones le obligues a tomar, es más fácil para él actuar. Pronto se volvió un delicioso hábito ponerme los pants a primera hora de la mañana. Ya no tenía que decidir, no había de “mmmmm hoy tendré ganas o no?”. Simplemente, el cerebro –y pronto el cuerpo- ya sabía qué hacer.

3. Escucha a tu cuerpo
Yo no comulgo con el tema de sufrimiento. Iba a entrenar: sí. Iba a correr: sí. Pero no estaba dispuesta a lastimarme. ¡INTERESANTE! Antes pensaba en el famoso “no pain no gain” y, ¿que crees? No me había funcionado. Entendí que el crecimiento, tanto de mi capacidad pulmonar, como de mi fortaleza espiritual, está afuera de mi zona de confort, sí. Pero sin sufrir.

El secreto está en encontrar ese lugar entre la incomodidad y antes, mucho antes del sufrimiento o dolor físico.Estar atento al cuerpo, a sus sensaciones físicas, a su forma normal de estar, me permitió identificar de inmediato un dolor en la rodilla y modificar mi posición de correr.

La incomodidad es efectiva. Cuando estás incómodo, eso es coool! Es una muy buena señal. Es una indicación muy clara de que estás cambiando, buscando cosas nuevas y creciendo.

4. Busca la gratificación inmediata.
Contrario a la sabiduría popular de mantener la meta final en mente, entendí la importancia de la gratificación inmediata. Mi premio no era el 10K. Mi premio era ese día de entrenamiento. Esos 2 minutos de trotar y de asombrarme por las recién adquiridas habilidades de mi cuerpo. La gratificación inmediata eran mis 40minutos de soledad. La inyección de endorfinas, y terminar de despertar al día.


5. Encuentra a “tu tribu”
Hay muchos tipos de corredores. Unos muy competitivos que incluso se burlan de los tiempos suyos y de otros. Esos no son mi tipo. Encontré a mi tribu en personas que como yo, venían de moverse muy poco y empezaban a encontrarle el gusto al ejercicio. De mujeres que, como yo, son entusiastas y respetan ante todo a los demás. En un equipo que celebra a los principiantes, que admira las gónadas de levantarse más allá de las enfermedades y los defectos. Encontré a mi tribu y a mi coach, y era delicioso compartir fotos en Facebook de las carreras e intervalos del día. Eso fue básico.

6. Vigila el playlist
No solo me refiero a los beats y a la música que parece darle vida a los pies. Aquí hablamos del playlist del cerebro. Ojo con lo que te dices, especialmente durante los entrenos. Recuerdo perfecto, a la semana dos, la primera vez que corrí 5K que fueron muy incómodos. Todo el entreno me repetí “está muy difícil, no voy a poder, imagínate los 10Ks”. Debut y despedida. Jamás volví a pensar eso, mucho menos en plena carrera. Mi nuevo playlist está lleno de “lo estoy consiguiendo; estoy corriendo; la incomodidad es buena señal; hoy sí puedo”. Y mi favorita: “Me estoy volviendo taaaan ching*na” (ooooh! Pussss… también la coach tiene playlists en francés!)

Ah! Y sí, a veces me daba flojera entrenar. Ese playlist de “¡Qué flojera!” es solo un pensamiento. Así que cuando venía eso de “qué flojera…” lo que hacía era aplaudir como espantando una mosca: ¡Eso es sólo un pensamiento!

Lo más difícil de entrenar, es salir por la puerta. Eso es el 80% del entreno.

ACLARACIÓN: No se trata de pensamientos positivos, ni de únete a los optimistas. Se trata de cosas que creas ciertas para ti, que te impulsen.

7. Diviértete, celebra y agradece.
Recuerdo perfecto el día de la carrera. No podía ni dormir de la emoción. Era el premio a mi nueva identidad. Mi adorado esposo me acompañó a la carrera. Mis papás fueron a verme correr. Mi papá me tomó muchas fotos. Mi mamá agitaba los brazos al cielo cuando me veía pasar en la pista. Mi hermana me llevó una manta después del 9Km que decía: “Venga Jess”.
Ahí, pasando la meta, no me quedó mas que llorar y abrazar a mi mamá que me esperaba con los brazos abiertos.
Yo, la que “nunca corría, la que era malíiiiiiiisima para los deportes, la que no puede mantener una disciplina de movimiento”, lo había conseguido.

A los 36 años, agradecí tener unas piernas fuertes que me llegaron hasta la meta. Agradecí estar viva, estar consciente y despierta para recibir de la vida, uno más de mis imposibles.

Celebra tus logros, reconoce el crecimiento y festeja con la persona más importante: TU.