Lo que mi papá me enseñó en el maratón

El domingo fue mi segundo maratón  --como espectador—Como voluntario no oficial, este año repartí 10 kilos de naranjas y luego isotónico en vasitos.

No soy mucho de voluntariado, la verdad.  Pero el maratón me da mucho más.  Es un tiempo muy bien invertido.  La gente al kilómetro 38 (4 antes de terminar) toma naranjas y me regala inspiración. 

La vida me sorprendió de nuevo, con una lección inesperada.

La Verdad, esa con mayúsculas se ha convertido en mi nueva fascinación.

A través de la verdad es que podemos ser libres.  La verdad me sabe a autenticidad, a calma, a vulnerabilidad.

Y ahí ando buscando ejemplos de gente auténtica.  De esa que le vale madres lo que opinen los demás y hace lo que le gusta hacer. En teoría por eso fui a ver el maratón.

Luego de más de 5 horas y 5mil fotografías después, me di cuenta que mi mayor ejemplo de autenticidad en este momento, resulta ser mi papá.  Otra vez: lo que buscas, está siempre cerca de ti.  Lo que necesitas ya está contigo.  Solo falta aprender a reconocerlo.  Estar atentos y darse cuenta.

Mi papá ama la fotografía desde que tengo uso de razón.  Siempre, siempre, y digo SIEMPRE está tomando fotos.  Mi relación con eso ya pasó de acostumbrarme (cuando era chiquita), de aborrecerlo –en la adolescencia--, de tolerarlo –hace unos años--, de asombrarme –recientemente—y de quererlo –este domingo-.

Mi papá tiene ese ojo y corazón abierto de captar instantes y convertirlos en memorias para siempre, eso ya lo sabía.  Pero hasta el domingo me di cuenta lo que significa ser contento y aceptarse en su totalidad, con nuestros gustos y manías.  Ahí estaba, de frente a los maratonistas, buscando encuadres cerrados, contrastes, ráfagas. Cruzándose de un lado a otro, sentado en la banqueta, recargado la cámara profesional de más de 6 kilo.  Siendo ÉL.  Auténtico, y valiendo un soberano pepino lo que la gente diga o piense.  Aceptándose al 100%

Sus fotos favoritas: las crudas, sin poses.  Esas que atrapan emociones y muestran el carácter humano.  Las que captan instantes  y tal parece que mientras más efímeros mejor.

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La lección para mi, vino cuando me di cuenta que la opinión de nadie, ni siquiera de sus más cercanos ha cambiado su esencia fotográfica.  Él no lo ha permitido.  Ni cuando sus hijos eran odiosos adolescentes y lo criticaron todo el tiempo: “Ya Papá….! Pero no saques la cámara…!”.  Le valió y sacaba su cámara, igual que ahora.  Que toma fotografías de la comida en restaurantes lujosos, le vale, saca su cámara y captura sus memorias.  Practica y sigue aprendiendo, toma sus cursos, edita sus fotos, las comparte.

Ahí en el 38Km yo me reconcilié con eso que yo había catalogado como su maña o manía.  Ahora lo veo como lo que es: su forma de ser auténtico, vulnerable, pero sobre todo su forma de ser feliz.  Y lo admiré y me quité el sombrero. Sí sí por las fotos, pero sobre todo por los tamaños de ser siempre él.

Mi papá me recordó el domingo que uno es responsable de su propia felicidad.

Ser feliz es una elección de todos los días, de cada momento.

A cada disparo me decía: Haz lo que te haga feliz in importar lo que otros (¡incluso los hijos!) piensen o digan.

Soy afortunada.  De tener a mi papá a esta edad.  Pasaron muchos años, para que me diera cuenta el domingo de la gran oportunidad que tengo de presenciar y ser testigo de la felicidad de alguien.   De saber cómo se ve la autenticidad, la aceptación.

Ahora veo sus fotos de diferente manera.  Son memoria también de su propia felicidad.  Yo me siento afortunada de recordar esas fotos que tomó, no mi cámara, pero mis ojos.  Esas que sólo yo recuerdo.  Con estas fotos, yo tengo mi foto particular  de mi papá tomando esa imagen.

Con todas estas fotos del maratón, además de las historias de los corredores, yo recordaré que mi papá estuvo conmigo, 6 horas.  Sin hablar, dándome el mejor de los regalos: su presencia.


¿Acaso hay una forma más noble de libertad que ser feliz?

#YoSoyLibre