Crónica de un 21K

ADVERTENCIA: El texto a continuación, contiene lenguaje soez y demasiada información sobre lo nada glamoroso que puede sucederle a un cuerpo humano durante un 21K.

Continué leyendo bajo su propio riesgo.

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La semana anterior al 21K estuve de muy mal humor. Terrible.  Muy sensible, con una urgencia y desesperación de que ya pasara la carrera.

A mi divino cuerpo se le ocurrió empezar su ciclo el sábado. Reaaaalllyyy?  Una risa socarrona me atravesó la cara.  Esta era mi mejor forma de correrla.  Era como si mi cuerpo pusiera a prueba esa recién adquirida aceptación.

¿A ver si es cierto que me aceptas como soy?  La joya de la corona, porque ya lo había aceptado débil, frágil, enfermo, descontrolado hasta los esfínteres y recién parido.

La mañana era fría.  Yo con pocas horas de sueño y casi 280kms en las piernas.  Seguí el ritual que tantas veces antes había hecho.  Mis papás, que habían volado también desde México estaban ahí rayando las 5am.  Mi Adorado Esposo se quedó, como tantas otras mañanas, velando el sueño de nuestro Pequeño Sibarita.

Confirmé que en esos momentos importantes en la vida de cada quien, la presencia es el mejor regalo.  La carrera era solamente mía.  Nadie podía correrla por mí, y paradójicamente, muchos me acompañaban en espíritu.   Mis papás estaban ahí, escuchando mis desvaríos previos.  Me abrazaron y acompañaron hasta donde sólo entraban los que correrían.

A la cuenta regresiva yo le agregué mis gritos de emoción.  Justo en la salida, un full circle momento.  Ahí estaba en vivo y a todo color: Jeff Galloway.  El tipo que hizo que yo considerara siquiera posible correr.  Con su entreno de run-walk-run a intervalos, me inicié.  Justo con esa misma estrategia, estaba corriendo este 21k.   Increíble.

El sueño acariciado por tantos meses, se materializaba ante mis ojos.  La emoción me invadió casi al punto de las lágrimas, ¡¡estaba corriendo mi primer 21k!!  Me mantuve firme y a mi paso. Los primeros 2ks los saqué muy rápido de frente al mar.  Entre el 2k y el 3k, que empezaban las primeras subidas, me esperaban Pablos y Nicolás: ¡¡eeeeeeh!! Yo iba feliz.

Las condiciones eran diferentes.  La altura me ayudó, no había sofocación.  Pero había un calor de infierno.  Acostumbrada a correr los primeros 10Ks sin líquido, elegí ayuda hidratante desde el 2.5K. La garganta, literal, se me pegaba en dos.

Las pantorrillas calaban.  En un dolor extraño que no reconocía.  Pues ni modo, es lo que hay.  La ruta subía implacable desde el 3.5 y hasta pasando el 5.   Ahí empecé a dedicar mis kilómetros. El 3 lo había pedido Eva.  En el 4 estaba mi hermano.  Mi tocaya en el 5.  Jimena me acompañaba intermitente según la canción: Hero, I will love again…

Entre el 5 y el 7 ya los corredores íbamos ubicando nuestro ritmo, y yo a mis vecinos de carrera: los “lentos”.  Al 7 una empezó con dolor de caballo.  Yo el 7 lo dediqué a los que en mi vida padecen depresión clínica.  Que tienen las agallas de levantarse todas las mañanas, incluso cuando pensamientos de suicidio les nublan la mente.  Tres mujeres valientes, que se sobreponen una y otra vez y que tienen mi profunda admiración.   Wilfrido Vargas al oído, como tratando de poner el buen humor.

Esos fueron los únicos kilómetros sin dolor.

En el 8k me esperaba Enrique, un tipo que se sobrepuso a una separación después de 15 años de vivir en pareja.  Que adelgazó como pinche mil kilos y se transformó.  De mis primeros iniciados.

Desde el 8k empezó el dolorcito sordo de cadera, en el lado izquierdo.  Maldita sea.  Sí ya lo esperaba, pero hasta el 12k y se había presentado con anticipación. Es lo que hay.

Lilia, mi maestra de meditación y mindfulness, se apareció en mi delirio “dale la bienvenida a lo que sea que está aquí para ti”.

Adelanté mi Powa, que es una práctica espiritual para ofrecer tu dolor.  Mi mantra fue

“Que el dolor de otros que sufren sea pasajero, como lo es mi dolor. Que se abra la vida en ellos y en mi”.

La ruta subía por un puente desde el 9K y ahí estaban de nuevo Pablos y Nicolás.  Yo me mantenía concentrada.

Al 10k Susana en mi mente, con su sonrisa y su resiliencia que le han permitido sobreponerse a una amputación y a un accidente que casi le cuesta la vida.  Yo corría hacia el 11k y un tipo por abajo del puente y 8kilómetros más adelante ya se perfilaba como el ganador.  Recordé lo que me dijo el policía el día que llegué en último lugar en Metepec: la meta es personal, corre tu propia carrera.

A la vista espectacular se le sumaba la subida del 12K y Rebe me susurraba: “Recuerda que después de una subida, siempre viene una bajada”.  Lo que no consideré es que la bajada era tan empinada que me obligó a reducir el paso.

La ruta estaba muy sola.  Pinches cabeños, no salieron ni a la esquina.  Cero porras, cero acompañamiento como en México.  De nuevo: es lo que hay.

La cadera –y ahora el sofoco de las subidas- me hacían caminar.  Yo iba muy atenta a mi cuerpo.  Mi único requisito, desde que elegí correr este 21K, era respetar mis límites.  Además Danae había sido muy claridosa con el riesgo del golpe de calor.  “Si sientes que te quema el culo, te paras”.  Así que yo iba también atenta a salva sea la parte.

Del 13K al 15K hubo otro destello de correr sin dolor.  Al 15K ya me esperaba emocionalmente Susy Q y Silvia, las queretanas.  Esas que se sobreponen a la separación, al cambio de residencia, a los despidos y sacar la casta por los hijos.  ¿Cómo no correr inspirada con semejantes ejemplos?

No había cabeños, pero había delfines y muchas biznagas (literal, el desierto).

Ahí me empecé a emocionar, ¡¡sí lo iba a conseguir!! Estaba según mis cálculos a 35minutos de cruzar la meta.  Wrong.  El dolor de la cadera calaba, así que los intervalos de trotar eran cada vez más lentos y cuidados.

La marca del 17K estaba sola, ese me lo dediqué a mí.  A mi constancia, mi compromiso y a mi decisión.

 

Ahí entendí que la energía más grande que puede existir es el poder de tomar una decisión.

Decidir, por sus raíces etimológicas es cortar todas las otras alternativas.

Con mis recursos de hipnosis. Si-si-sí me repetía cuando el dolor punzaba.

Para mi enorme sorpresa, me esperaban físicamente Pablos y Nicolás de nuevo en el 18K.  Ahí casi lloro de nuevo.  Pero todavía faltaban 2Ks (siempre pensé en 20, con la ilusión de que el úlitmo fuera casi de inercia).  Emocionalmente estaban Paola desde Nueva Zelanda, Danae y desde Mazatlán Claudia.

Far away so close.  Sentía que no avanzaba.  Ahí tomé mi sobre de miel que me supo a gloria, pero no le dio gasolina a las piernas.  Ya estaban agotadas de los últimos 297Kms que habían corrido.

Pasando el 19K, me llegó ayuda del cielo.  “Dedícalos” me decía Laura en mi delirio.  Y levanté la cara al cielo, y se los dediqué a los que ya no me hablan por teléfono en mi cumpleaños.  Esos que ahora me abrazan en sueños.

Antes del 20K había la última estación de agua.  Como todas las anteriores tomé unos tragos y el resto me lo eché en la cabeza y en la cara.

El último iba dedicado a mis papás, que eran testigos nuevamente de uno de los logros grandes de mi vida.  Mónica también había pedido el 20K y me acompañaba desde el hospital, con dificultad para respirar, pero no para hacerse presente.

Unos cuantos me aplaudían, como reconociendo que yo llegaba a la meta de puro hígado y cojones.  Ver a Mi Adorado Esposo, al Pequeño Sibarita  y a mi papá a escasos metros de la menta me aceleró.

En la meta  pinchemil niños formados para salir en su carrera recreativa.  Ya no había ni fotos, ni gente entregando medallas.  Bueno, no había ni paso libre para cruzar.  Yo veía el reloj segundos antes de las 3:00 horas y las piernas ahora sí, tenían resorte.  El muslo izquierdo me temblaba y yo por un instante me sentí corredor de la NFL, tacleando a un organizador para cruzar mi meta.

Con su sombrero de flores mi mamá me esperaba pasando la salida y me recibió en sus brazos.  Igual que en mi primer 10K

Yo nublada.  Los plátanos que quedaban en la meta estaban verdes y solo había envases vacíos.  Nadie ya entregaba las medallas. Fui por la mía y orgullosamente me la colgué al cuello.

Estaba en un shock de incredulidad.

Luego un silencio emocional.  No había euforia.  No había foto con los brazos alzados en señal de victoria.  Ni pizca de lágrimas. 

Había amor, de ese crudo y real, que no necesita glamour.

Vi a mi vecina corredora, la que desde el 7K tenía dolor de caballo.  “Amiga, amiga.. lo logramos chingaooooo


Dos días después, el mar y una llamada fueron el inicio de procesar la experiencia.   “Tal vez es un tema de expectativas”, me dijo Jarochita al otro lado de la línea.

BOOM.

Me pasó lo que les pasa a muchos de mis clientes,  que le colgamos milagritos a la meta.  Pero lo que queremos nunca estuvo ahí.  Yo tenía la expectativa de estar el doble de emocionada y conmovida que cuando terminé mi primer 10K.  Pensé que me sentiría la más fuerte, indestructible, imparable, en la cima del mundo, la fuerte.  Pero no.

Este 21K nunca me regaló fortaleza, pero me envolvió un gran regalo de vulnerabilidad y muchos detallitos de humildad.

Recordé lo que es honrar un compromiso en las buenas, en las malas y en los días helados de diciembre.  Con malestar, de viaje, en convención, lactando, con hastío y muchas veces de mal humor: cumplí con el entreno del día.

Después de la medalla -o el novio, el hijo o el número en la báscula-, no bajan los ángeles, ni a la vida se le disuelven los problemas.  Eso es un espejismo.  Si no se está preparado, viene la decepción.

Mi última lección fue esa: cruzar la meta es solo el 1% de toda la aventura.  Igualito que cuando llegué a la catedral de Santiago en Compostela.  Lo que más recuerdo es más la ruta, la preparación, la anticipación del viaje.

El camino es mucho más que cruzar un umbral.

El 21K no me transformó en una persona disciplinada.  Ni me hizo más chinguetas.

Solo me recordó que ya lo era.

#YoSoyLibre.