Yo no creo en el amor a primera vista

Correr, para mí no fue amor a primera vista.  No me enganché desde el primer entrenamiento, ni después de mi primera carrera de 5Ks.

Tampoco sentí amor a primera vista cuando conocí a mi Adorado Esposo.  Pasaron 90 días de enamoramiento sutil y cálido, para un buen día de Junio, sentir en el cuerpo que este era el hombre con quien me gustaría estar en mi vida.

Correr se coló en los amores de mi vida, primero despacio, y después de golpe.  Correr me da tanto (o más) de la energía que yo le dedico.   Me hace sentir libre y fuerte.  Me da evidencia, en cada zancada o pasito, que yo soy alguien que hace ejercicio.

Ayer, durante mi 3er 10k,  por ahí del 60% de avance, de una carrera con ruta “matona” (por subidas empinadas), vi el reloj y me sorprendí del ritmo que traía, y de lo “entera” que estaba.  Ante el más grande de mis asombros, mis piernas adquirieron voz propia, y mi cuerpo se lució.  Con un silencio improvisado -al olvidar mi iPod para la carrera- me concentré plenamente en la experiencia de correr.

Me engolosiné un poco ante la posibilidad de una nueva marca personal (PR), en esa distancia.  Yo corro para sentirme fuerte y libre, no para compararme con otros.  Pero ayer, mi cuerpo parecía gritarme que confiara, que estaba preparado para correr más rápido de lo que yo le había permitido.

Lo dejé que fuera fuerte.  Autónomo.   Ayer algo se transformó en mí.  Corrí con la confianza que dan la preparación y los entrenos.  Con la presencia de cada paso y una certeza que pocas veces he experimentado.

Terminé, esa ruta difícil y empinada, con 5minutos menos de tiempo que mi mejor marca.  Feliz.  No por el tiempo, sino por lo que eso significó: dejé que mi cuerpo me sorprendiera.  Le di chance de romper la identidad que yo tenía de mi misma (“tal vez nunca seré veloz”).

Ahí, en el km8 mi Cuerpo me liberó de la duda.

Me demostró con un susurro que era mucho más capaz de lo que yo le daba crédito.

Tampoco la relación con mi cuerpo fue amor a primera vista.   De hecho, tuvimos una relación bastante ríspida por muchos años.  Yo criticándolo,  juzgándolo,  quejándome de todo lo que no era, de todo lo que no podía hacer.  Ayer, en medio de bandas de rock, al cruzar la meta, me enamoré.  Quedé hechizada y profundamente enamorada de mi cuerpo, de su fortaleza, de su capacidad para sorprenderme y demostrarse más fuerte de lo que lo creí capaz.

Mi confianza en mi Cuerpo se disparó por los cielos.  Sin exigencias ni reclamos, Él respondió.  Me agradeció por las horas de descanso, la constancia, la nutrición efectiva, y la risa.  Me dio el regalo de la fuerza y la paz.

Le ofrecí disculpas por minimizar sus habilidades.  Renovamos nuestros votos de fidelidad y confianza.

Yo no creo en el amor a primera vista.  Creo en el amor que se construye y se disfruta cada día. 

Ayer disfruté las delicias de este amor que he venido construyendo y trabajando: el dulce enamoramiento de mi cuerpo.

Me reafirmo como una Rebelde Insurgente, una de esas que no critica su cuerpo, ni habla mal de él.  Una que lo cuida y lo procura, como se protegen esos amores “para toda la vida”.

Crédito foto: PhotoHaus